El último Informe sobre la evolución de los delitos e incidentes de odio en España 2024 del Ministerio del Interior debería hacernos reflexionar como sociedad. Aunque el conjunto de delitos de odio descendió un 13,8 %, los casos motivados por aporofobia aumentaron un 33,3 %. Detrás de esa cifra hay una verdad incómoda: la pobreza no solo se sufre, también se castiga.
La aporofobia no es nueva, pero empieza a tener nombre propio en los informes oficiales. Significa odio, rechazo o desprecio hacia las personas que viven en la pobreza o en la exclusión. Lo grave es que, mientras se celebran descensos en otras formas de odio, la aporofobia crece sin que parezca escandalizar a nadie. Este aumento no es una casualidad, sino el reflejo de una sociedad que culpa a los pobres de su pobreza y normaliza la desigualdad como si fuera un mérito individual.
Una realidad que se agrava
Según los datos del Ministerio del Interior, se investigaron 1.955 incidentes de odio en 2024. El racismo y la xenofobia siguen siendo las principales motivaciones, con 804 casos. Los delitos por orientación sexual o identidad de género se mantienen altos, con 528 denuncias. Pero el crecimiento de la aporofobia es el que más preocupa por su carácter estructural.
La mayoría de las víctimas son hombres entre 26 y 40 años, aunque la aporofobia atraviesa todos los perfiles. Muchas de las personas agredidas viven en la calle, carecen de vivienda o de estabilidad económica. A menudo, los ataques son verbales o simbólicos, pero también se registran agresiones físicas. Uno de los casos más duros ocurrió en Torres de la Alameda, donde dos jóvenes fueron detenidos por hostigar y agredir a una mujer de 80 años y a su hijo en situación de vulnerabilidad. Lanzaron lejía, botellas y hasta intentaron incendiar su casa.
Este caso, tan brutal como real, es la punta del iceberg. Se calcula que casi la mitad de las personas sin hogar ha sufrido algún tipo de ataque por su condición, pero apenas un pequeño porcentaje lo denuncia. El miedo, la desconfianza en las instituciones y la normalización del maltrato social contribuyen a una infradenuncia estructural. La aporofobia es un delito invisible porque sus víctimas suelen ser las menos escuchadas.
Europa necesita actuar
La aporofobia no es solo un problema español. En toda Europa se extienden discursos que estigmatizan la pobreza. Se culpabiliza a quienes no pueden acceder a una vivienda, a quienes piden ayuda social o a quienes duermen en la calle. Se les llama vagos, aprovechados o delincuentes, cuando en realidad son las víctimas de un sistema que margina y excluye.
El problema es que la aporofobia no suele reconocerse como una forma de discriminación en la legislación europea. Apenas algunos países, como España, han empezado a considerarla en sus marcos penales. Pero no existe una norma común que obligue a los Estados a actuar.
El I Simposio Europeo sobre Aporofobia, que se celebra estos días, quiere llenar ese vacío. Es un encuentro inédito que reúne a expertos, activistas y responsables políticos para analizar la aporofobia desde una mirada interseccional. Porque la pobreza se cruza con el racismo, el género, la discapacidad o la migración. No se puede entender la exclusión sin tener en cuenta estas interconexiones.
De este simposio deben salir compromisos reales, no declaraciones simbólicas. Europa necesita un marco legislativo común que reconozca la aporofobia como una forma de discriminación y que obligue a prevenirla, sancionarla y erradicarla.
España ha sido pionera, pero no basta
Nuestro país fue uno de los primeros en introducir la aporofobia como agravante penal. También se han impulsado protocolos policiales, guías de atención a víctimas y programas de sensibilización. Sin embargo, los datos demuestran que sigue existiendo una brecha enorme entre el reconocimiento jurídico y la respuesta real.
Muchas agresiones quedan sin investigar o se clasifican bajo otras motivaciones. Las personas pobres siguen encontrando enormes barreras para denunciar, porque no confían en las instituciones o porque temen perder lo poco que tienen. Los servicios públicos no siempre están formados para detectar ni atender adecuadamente a las víctimas. Y mientras tanto, los discursos de odio hacia la pobreza se reproducen en redes sociales, medios de comunicación e incluso en la política.
Combatir la aporofobia exige mucho más que sanciones penales. Requiere un cambio profundo en las estructuras sociales, económicas y culturales. Requiere una educación que enseñe empatía en lugar de desprecio, una economía que priorice la dignidad frente al beneficio y unas instituciones que acompañen a las personas, no que las señalen.
Lo que debería hacerse
Para frenar la aporofobia, no basta con condenar los ataques. Es necesario construir una sociedad que no permita que la pobreza sea motivo de odio. Estas son algunas medidas urgentes que deberían impulsarse tanto en España como en la Unión Europea:
- Incorporar la aporofobia de manera explícita en todas las legislaciones sobre discriminación y delitos de odio.
- Garantizar el acceso a la justicia para las víctimas, con asesoramiento gratuito y acompañamiento institucional.
- Formar a las fuerzas de seguridad, fiscales, jueces y profesionales sociales para identificar este tipo de delitos.
- Promover campañas públicas que desmantelen los estigmas sobre la pobreza y pongan el foco en la responsabilidad colectiva.
- Fortalecer las políticas de vivienda, empleo y protección social, porque la mejor manera de combatir el odio a los pobres es erradicar la pobreza misma.
- Crear redes europeas de observación y denuncia para recopilar datos fiables y hacer visible una realidad que sigue oculta.
No se puede mirar hacia otro lado
El aumento del 33,3 % en los delitos por aporofobia no es solo un número. Representa a miles de personas que viven en la calle, que son despreciadas por su aspecto, ignoradas en los servicios públicos o expulsadas de los espacios comunes. Representa a quienes no tienen voz ni protección.
Una sociedad democrática no puede tolerar el odio contra la pobreza. No puede aceptar que se desprecie a alguien por no tener casa, trabajo o recursos. Porque la aporofobia no es un problema de los pobres, es un problema de todos.
Si Europa quiere ser coherente con los valores que dice defender, debe actuar ya. Y España, que ha sido pionera, debe liderar ese cambio. No podemos seguir mirando hacia otro lado mientras crece un odio que degrada no solo a las víctimas, sino también a quienes lo permiten.
Una sociedad que acepta la aporofobia no es una sociedad justa, es una sociedad que ha olvidado la justicia social.
Oficina Nacional de Lucha Contra los Delitos de Odio
