La expresión MENA, acrónimo de menores extranjeros no acompañados, es un término técnico utilizado por profesionales de la infancia y la intervención social. Sin embargo, los medios de comunicación y parte del discurso público lo han transformado en una palabra cargada de connotaciones negativas. Esa deriva es profundamente injusta, porque detrás de ese acrónimo hay niños, niñas y adolescentes que han llegado solos a nuestro país y que están bajo la tutela del sistema de protección, no del sistema de reforma penal.
Quiénes son los MENA
Se considera menor extranjero no acompañado a cualquier persona menor de 18 años de origen extranjero que se encuentra en España sin la compañía de un adulto responsable legalmente. Esto significa que el Estado tiene la obligación de ofrecerle protección, atención y acogida, al igual que a cualquier otro menor desamparado.
Este colectivo vive una doble vulnerabilidad: por un lado, la de ser menores y depender del sistema de protección. Por otro, la de haber migrado solos, a menudo tras experiencias traumáticas o situaciones de pobreza, conflicto o desarraigo. Deben ser vistos como lo que son: menores con derechos, no como una amenaza.
Por qué el Estado y las entidades sociales deben implicarse
Cuidar a estos menores no es una opción, es una cuestión de humanidad y de derechos humanos. El Estado debe garantizar su bienestar físico, psicológico y social. Las entidades sociales, desde los servicios de infancia hasta las organizaciones del tercer sector, juegan un papel fundamental en acompañarles y ofrecerles oportunidades reales de integración.
La situación que han vivido y viven estos menores sería difícil para cualquier persona. Llegan solos, sin referentes, con un idioma distinto y sin una red afectiva. Necesitan tiempo, acompañamiento y recursos, pero también empatía y comprensión.
El estigma social es uno de los mayores obstáculos que enfrentan. Cuando se les asocia con la inseguridad o la delincuencia, se les niega la posibilidad de ser vistos como lo que son: chicos y chicas que intentan rehacer su vida.
Separar MENA de menores infractores
Es fundamental aclarar que los menores extranjeros no acompañados pertenecen al sistema de protección, mientras que los menores infractores forman parte del sistema de justicia juvenil. Confundir ambos colectivos alimenta el prejuicio y daña la convivencia.
El hecho de que un menor sea extranjero o esté bajo tutela no tiene nada que ver con haber cometido un delito. Ser MENA no implica haber infringido la ley, sino haber sido víctima de una situación de desamparo.
Desmontando bulos y falsas creencias
Los datos desmienten muchos de los bulos que circulan sobre los MENA.
Según Amnistía Internacional y Save the Children, no existe ninguna evidencia que relacione el incremento de menores migrantes solos con un aumento de la delincuencia juvenil. Tampoco hay datos que indiquen que cometen más delitos que los menores nacionales.
La Fiscalía General del Estado recoge cada año cuántos menores extranjeros no acompañados están tutelados en España. En 2024 eran más de 13 000, la gran mayoría bajo la protección de las comunidades autónomas. Sin embargo, el número de menores extranjeros condenados por delitos sigue siendo bajo y no guarda relación con el total de tutelados.
Diversos estudios del Observatorio de la Infancia y medios como El País y Público coinciden en que los delitos cometidos por menores extranjeros representan un porcentaje muy reducido del total, y que las diferencias estadísticas no justifican ninguna alarma social. La imagen del “MENA delincuente” no tiene respaldo en la realidad, pero sí consecuencias muy graves: rechazo social, agresiones y discursos de odio.
Dificultades reales que no deben ocultarse
Reconocer la manipulación mediática no significa negar los problemas reales. Algunos centros de acogida están saturados, sobre todo en comunidades que reciben mayor número de menores. También existen dificultades administrativas para tramitar documentación o permisos de residencia y trabajo cuando alcanzan la mayoría de edad.
Muchos arrastran experiencias traumáticas, pérdida familiar, aislamiento y miedo al futuro. Su proceso de adaptación cultural y emocional requiere acompañamiento psicológico y espacios de integración.
Pero los verdaderos problemas que hay que afrontar son los de exclusión y desprotección, no los de seguridad ciudadana.
Claves para una mirada humanista y profesional
Desde la intervención social, hay varias claves esenciales:
- Acompañar de manera integral, más allá del alojamiento o la tutela administrativa.
- Promover la participación en la comunidad, el aprendizaje del idioma y la creación de vínculos afectivos.
- Desmontar prejuicios en el entorno social, escolar y vecinal.
- Ofrecer apoyo psicológico, educativo y formativo adaptado a sus necesidades.
- Planificar su paso a la mayoría de edad con tiempo, asegurando oportunidades de empleo, vivienda y autonomía.
El objetivo no debe ser solo “acoger”, sino ofrecerles un futuro.
Mirar a los menores migrantes desde la humanidad
Los menores extranjeros no acompañados son parte de nuestra sociedad. No son culpables de su situación, ni responsables de los prejuicios que se proyectan sobre ellos. El Estado y las entidades sociales tienen el deber de protegerlos y acompañarlos, no por caridad, sino por justicia.
Desmontar los bulos y separar los hechos de los estigmas es imprescindible. Defender a estos menores es defender la humanidad y la dignidad de cualquier persona que, siendo niña o niño, se ve obligada a empezar de cero en un país desconocido.

