La brecha digital no es nueva. Desde hace décadas, millones de personas han quedado al margen de la tecnología por falta de acceso a internet, dispositivos adecuados o formación en competencias digitales. Sin embargo, la llegada de la inteligencia artificial (IA) generativa, con herramientas como ChatGPT, Gemini, Copilot o Groq, ha abierto una nueva etapa. La desigualdad tecnológica ya no se limita a tener o no tener conexión, sino también a saber o no saber usar la IA.
Una brecha que se amplía
Antes, la brecha digital se explicaba en términos de acceso: ¿tienes ordenador? ¿tienes conexión? Hoy, aunque esas condiciones se cumplan, hay un salto adicional: ¿puedes aprovechar las oportunidades que ofrece la IA?
El riesgo de la dependencia
La IA promete simplificar la vida: redactar textos, resumir documentos, traducir idiomas o asistir en trámites burocráticos. Pero confiar en exceso en estas herramientas sin un pensamiento crítico puede aumentar la vulnerabilidad. La IA reproduce sesgos existentes en los datos, puede dar información errónea o confusa y refuerza la concentración de poder en manos de unas pocas empresas tecnológicas.
Potencial inclusivo
No todo es negativo. Bien utilizada, la IA puede ser un aliado de la inclusión social. Facilita la comunicación de personas con discapacidad mediante lectores de pantalla o asistentes de voz, traduce en tiempo real para personas migrantes y resume trámites administrativos complejos para quienes no están familiarizados con el lenguaje burocrático.
Más allá del acceso: una brecha cultural y formativa
Aunque el acceso a los smartphones se ha universalizado, lo que ha reducido la brecha tecnológica en términos de dispositivos, persiste una diferencia clave en el uso que se hace de ellos. La mayoría de personas utiliza el móvil de forma básica, sobre todo para comunicarse a través de WhatsApp o redes sociales, pero no para tareas más complejas como la ofimática, la gestión administrativa o el uso avanzado de la inteligencia artificial. Esto muestra que la brecha digital no es solo económica o técnica, sino también cultural y formativa: no basta con tener acceso a la tecnología, es necesario contar con la motivación, el aprendizaje y los referentes adecuados para aprovechar todo su potencial. Con la IA probablemente suceda lo mismo, el acceso será masivo gracias al móvil y a las versiones gratuitas, pero solo quienes tengan formación o interés podrán convertirla en una herramienta de inclusión real.
Qué se necesita
Para que la IA no sea un nuevo factor de exclusión, hacen falta medidas que garanticen la justicia digital. Es clave impulsar políticas públicas que faciliten el acceso a dispositivos y conexión de calidad, ofrecer formación en competencias digitales e introducir una alfabetización crítica en el uso de la IA. También es necesario promover iniciativas comunitarias y proyectos sociales que acompañen a las personas en situación de vulnerabilidad en el uso de estas herramientas.
La IA puede ser un muro que agrave desigualdades o un puente hacia una sociedad más justa. La decisión no está en la tecnología en sí, sino en cómo la gestionamos como sociedad.

