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Hoy en rueda de prensa en Moncloa se han presentado los últimos datos del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE). Los números son tan claros como inquietantes: en julio se detectaron más de 190.000 mensajes de odio en redes sociales, superando en un solo mes todo el trimestre anterior. La inmensa mayoría de estos mensajes tienen como diana a personas del norte de África y musulmanas.

Julio 2025: más de 190.000 mensajes de odio en redes sociales
Un solo mes superó todo el trimestre anterior.

Podemos hablar de estadísticas, de porcentajes, de tendencias… pero detrás de todo esto no hay gráficos, hay vidas. Hombres y mujeres que trabajan, estudian, que intentan salir adelante. Vecinos y vecinas con los que compartimos barrios, transporte, hospitales o colegios. Y sí, también menores no acompañados, que en julio volvieron a ser objeto de ataques en redes. Resulta devastador pensar que chavales que ya están en una situación vulnerable tengan que soportar, además, el odio público.

Cuando el discurso deshumaniza

El informe confirma algo que muchas veces se percibe en el día a día: no se trata solo de insultos. El problema es más profundo. Los mensajes deshumanizan, convierten a personas en amenazas, en “otros” que sobran. Ese paso es peligroso porque abre la puerta a justificar su exclusión, su expulsión o incluso su violencia.

En julio se intensificaron las narrativas que incitan a expulsar a migrantes o a retratarlos como una amenaza directa para la seguridad. Y lo grave es que, cuando este tipo de mensajes se normalizan en redes, acaban calando en las calles y en las conversaciones.

Lo que pasa en redes no se queda en redes

Es cierto que el anonimato y la rapidez de las plataformas favorecen la multiplicación del odio. Pero no nos engañemos: lo que ocurre en redes refleja lo que pasa en la sociedad. El problema no es solo tecnológico, es cultural. Tras los sucesos de Torre-Pacheco vimos cómo la desinformación y los bulos encendieron la mecha del racismo en cuestión de horas. La velocidad con la que circula el miedo acaba fracturando la convivencia.

No estamos hablando de un “fenómeno virtual”: el odio que se teclea con un móvil tiene impacto real en la vida de quienes lo reciben. Genera miedo, polarización y una peligrosa sensación de que unas personas valen menos que otras.

Un reto de convivencia y de humanidad

Está bien que las plataformas asuman su parte y retiren contenidos, aunque hoy por hoy el porcentaje de eliminación es bajo. Pero la clave no está solo en borrar mensajes, sino en construir una sociedad que no tolere el desprecio hacia nadie.

Eso pasa por políticas públicas, por educación, por sensibilización. Pero también por algo más sencillo: cambiar la mirada. Volver a ver en cada migrante, en cada persona racializada, a alguien con sueños, derechos y dignidad. Migrar no borra derechos. No tener papeles no elimina la humanidad.

En definitiva, no se trata de cifras ni de titulares. Se trata de convivencia, de respeto y de recordar lo más elemental: las personas migrantes son personas, punto. Y ninguna narrativa de odio debería hacernos olvidar esa verdad.

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