Para muchos jóvenes, una parte importante de ese malestar tiene que ver con algo mucho más difícil de concretar: la incertidumbre. No saber si dentro de unos meses seguirán teniendo trabajo, si podrán pagar un alquiler, cuándo podrán abandonar la casa familiar o si algún día alcanzarán la estabilidad necesaria para construir el proyecto de vida que imaginaban. Vivir durante un tiempo con dudas forma parte de cualquier etapa vital. El problema aparece cuando lo provisional deja de ser una fase y se convierte en la forma habitual de relacionarse con el futuro.
Una persona joven puede aprender herramientas para gestionar la ansiedad, identificar sus emociones o afrontar mejor esa incertidumbre. Pero ninguna técnica de regulación emocional abarata un alquiler, convierte un contrato precario en un empleo estable, permite emanciparse con un salario insuficiente o garantiza una red de apoyo cuando la soledad se ha convertido en parte de la vida cotidiana. La atención psicológica puede ser fundamental, pero si queremos comprender de verdad el malestar de muchos jóvenes también tenemos que mirar las condiciones desde las que están intentando construir su futuro.
En 2026, la Confederación Salud Mental España ha querido precisamente poner el foco del Día Mundial de la Salud Mental en la infancia, la adolescencia y la juventud. Entre los factores que señala aparecen la vivienda, la precariedad laboral, la dificultad para construir un proyecto de vida, las violencias, el entorno digital y la soledad no deseada. Según los datos difundidos por la organización, una de cada siete personas de entre 10 y 19 años presenta algún problema de salud mental.
Quizá por eso convenga cambiar ligeramente la pregunta. En lugar de preguntarnos únicamente qué les pasa a los jóvenes, deberíamos preguntarnos también qué condiciones tienen para imaginar su vida dentro de cinco o diez años y qué ocurre cuando ese futuro resulta cada vez más difícil de visualizar.
La salud mental también depende de dónde y cómo vivimos
La Organización Mundial de la Salud denomina determinantes sociales de la salud a las condiciones en las que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen. La vivienda, los ingresos, el empleo, la educación, la protección social o las posibilidades de participar en la comunidad no son elementos accesorios. Forman parte de aquello que protege nuestra salud o que, por el contrario, puede deteriorarla.
La propia OMS recuerda que la pobreza, la desigualdad y otras circunstancias sociales y ambientales pueden aumentar el riesgo de sufrir problemas de salud mental. También insiste en que las políticas públicas deberían actuar sobre factores estructurales como la vivienda, el empleo, la educación o la pobreza y combinar las respuestas sanitarias con intervenciones sociales y económicas. Esta perspectiva cambia bastante la forma de interpretar determinados malestares porque obliga a mirar no solo a la persona, sino también al contexto desde el que intenta tomar decisiones sobre su presente y su futuro.
No es lo mismo preguntarse por qué una persona de 28 años siente ansiedad cuando piensa en los próximos años que preguntarse qué posibilidades reales tiene de construirlos. Tampoco es lo mismo hablar de frustración por no emanciparse que mirar su salario, el precio de la vivienda y la estabilidad de su empleo. La emoción es individual, pero las condiciones que alimentan la incertidumbre pueden ser profundamente sociales.
Cuando independizarse siempre queda para después
La vivienda se ha convertido probablemente en uno de los mejores ejemplos. La edad de emancipación en España se sitúa en torno a los 30 años y, entre las personas de 25 a 34 años afectadas por la crisis de la vivienda, el 42 % percibe su salud mental como regular o mala. Detrás de estas cifras hay mucho más que un problema inmobiliario.
Emanciparse significa disponer de un espacio propio, ganar autonomía, tomar decisiones, construir relaciones y desarrollar un proyecto vital. Cuando esa posibilidad se retrasa durante años por razones económicas, también se aplazan decisiones que tradicionalmente han formado parte de la transición hacia la vida adulta. Continuar viviendo con la familia no constituye por sí mismo un problema de salud mental y puede ser una elección perfectamente satisfactoria. El problema aparece cuando deja de ser una elección y tampoco existe una fecha razonable en el horizonte en la que la situación pueda cambiar.
Querer marcharse y no poder hacerlo tiene consecuencias diferentes a decidir quedarse. También las tiene compartir vivienda indefinidamente porque cualquier alternativa resulta inaccesible, destinar una parte desproporcionada del salario al alquiler, regresar a casa de los padres después de haber conseguido emanciparse o vivir sabiendo que cualquier subida del alquiler puede obligar a empezar de nuevo. La vivienda deja entonces de ser únicamente el lugar en el que vivimos. Se convierte en una de las variables que determinan hasta dónde podemos planificar nuestra propia vida.
La incertidumbre no nace solo de no tener una casa propia. Nace también de no saber cuándo será posible conseguir una estabilidad residencial suficiente como para dejar de pensar constantemente en ella.
Tener trabajo tampoco significa poder hacer planes
Durante mucho tiempo, la respuesta social a los problemas juveniles pareció relativamente sencilla: estudiar, encontrar trabajo y emanciparse. El problema es que tener empleo ya no garantiza necesariamente disponer de las condiciones suficientes para construir un proyecto propio.
La Organización Mundial de la Salud reconoce que el trabajo decente puede proteger la salud mental porque proporciona ingresos, relaciones, sentido de pertenencia y una estructura vital. Pero también advierte de que la inseguridad laboral, una remuneración insuficiente, la falta de control sobre el trabajo y otros riesgos psicosociales pueden perjudicarla. En España encontramos resultados similares. Un estudio publicado en 2026 en la Revista Española de Salud Pública encontró asociaciones entre peor salud mental y dimensiones de la precariedad como los bajos salarios, la vulnerabilidad laboral y las dificultades relacionadas con los derechos laborales, con un efecto especialmente intenso de la precariedad salarial entre las personas jóvenes.
El empleo importa, pero importan también sus condiciones. Resulta difícil hacer planes cuando no sabemos cuánto durará el contrato, ahorrar cuando el salario apenas permite cubrir los gastos cotidianos o imaginar una emancipación, una familia o cualquier otro proyecto a medio plazo cuando todo parece provisional. La precariedad laboral termina así extendiéndose mucho más allá del puesto de trabajo y se convierte en precariedad vital.
Una parte del problema está precisamente ahí. No solo en cobrar poco o en cambiar de empleo, sino en la imposibilidad de proyectarse hacia delante. Cuando cada decisión depende de qué ocurrirá con el próximo contrato, el próximo alquiler o el siguiente ingreso, el futuro deja de ser un espacio para planificar y se convierte en otra fuente de preocupación.
Cuando diferentes problemas empiezan a encadenarse
Esta relación se observa con especial claridad entre quienes parten de situaciones de mayor vulnerabilidad. El informe Desconexión y futuro: una juventud atrapada, publicado en 2026 por Ayuda en Acción, analiza la experiencia de 200 jóvenes de entre 16 y 30 años participantes en su programa Impulsa Empleo Joven. No es una muestra representativa de toda la juventud española y sus resultados deben interpretarse teniendo en cuenta que se trata precisamente de jóvenes en situación de vulnerabilidad, pero permite observar cómo diferentes dificultades pueden acumularse en las mismas vidas.
Entre las personas participantes, el 42 % calificaba su salud mental como regular y el 17 % como mala. La dificultad para conseguir un empleo estable aparecía como el principal motivo de malestar. El 70 % de quienes tenían entre 25 y 30 años seguía viviendo en el hogar familiar, únicamente un 3 % se había emancipado de manera independiente y un 22 % reconocía pasar demasiado tiempo solo o sin compañía.
Empleo, vivienda, ingresos, ocio, relaciones y salud mental empiezan entonces a formar parte de una misma cadena. La falta de empleo estable dificulta acceder a una vivienda, la falta de vivienda impide desarrollar determinados proyectos, la falta de ingresos limita también el ocio y la participación social y la reducción de los espacios de relación puede favorecer el aislamiento. A ello se suma una incertidumbre continuada que termina atravesando buena parte de la vida cotidiana.
Analizar cada elemento por separado permite diseñar servicios especializados. Comprender cómo se relacionan permite entender la vida de la persona. Ahí el trabajo social tiene mucho que aportar, precisamente porque su mirada no separa fácilmente lo económico, lo residencial, lo relacional y lo personal cuando en la vida real aparecen mezclados.
La soledad también condiciona cómo miramos al futuro
En los últimos años hemos aprendido que una sociedad permanentemente conectada puede producir personas profundamente solas. Tener cientos de contactos, participar en grupos de mensajería o utilizar varias redes sociales no garantiza disponer de alguien a quien llamar cuando ocurre algo importante.
La soledad no deseada tiene también una dimensión social. Influyen las relaciones familiares y comunitarias, pero también la existencia de lugares donde encontrarse, el acceso al ocio, el dinero disponible para participar en actividades o la estabilidad residencial. Cuando una persona dispone de pocos ingresos, algunas formas de socialización desaparecen. Cuando cambia constantemente de vivienda o de empleo, mantener vínculos puede resultar más complicado. Y cuando el espacio público ofrece menos alternativas gratuitas de encuentro, relacionarse empieza a depender cada vez más de la capacidad de consumo.
Además, pensar en el futuro no consiste únicamente en imaginar dónde trabajaremos o dónde viviremos. También significa pensar con quién compartiremos nuestra vida y qué redes tendremos alrededor. La falta de vínculos significativos puede reforzar la sensación de estar afrontando en solitario problemas que, en realidad, afectan a una generación mucho más amplia.
Por eso recuperar centros juveniles, instalaciones deportivas accesibles, asociaciones, actividades comunitarias, espacios culturales y lugares donde simplemente poder estar con otras personas puede parecer algo muy alejado de una política de salud mental, cuando en realidad también forma parte de ella. La prevención no empieza necesariamente en una consulta y muchas veces comienza mucho antes, en las condiciones que permiten a las personas sentirse vinculadas a otras y formar parte de una comunidad.
El riesgo de convertir problemas sociales en problemas individuales
Hablar de determinantes sociales no significa negar la existencia de los trastornos mentales ni cuestionar la necesidad de psicólogos, psiquiatras, atención primaria o tratamientos especializados. España necesita recursos suficientes para atender a quien los necesita. Pero también existe un riesgo en el sentido contrario: psicologizar cualquier sufrimiento hasta convertir en un problema individual aquello que, al menos en parte, responde a unas condiciones sociales concretas.
Si alguien vive angustiado porque no puede pagar el alquiler, puede necesitar apoyo psicológico, pero la intervención no debería terminar necesariamente cuando esa persona aprende a tolerar mejor la angustia. Si un joven encadena trabajos inseguros, cobra un salario insuficiente y no sabe dónde estará trabajando dentro de tres meses, ayudarle a manejar la incertidumbre puede ser útil, pero transformar las condiciones que producen esa incertidumbre también debería formar parte de la conversación.
La campaña del Ministerio de Sanidad Y a ti, ¿qué te pasa? ya colocó precisamente esta cuestión en el centro al señalar que la precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda digna y otras condiciones de vida pueden estar detrás de una parte del sufrimiento emocional. La terapia puede ayudar a comprender, sostener, afrontar y recuperar, pero no sustituye una política de vivienda, unos ingresos suficientes, unas condiciones laborales dignas ni una comunidad en la que sentirse parte.
No se trata de enfrentar terapia y política social. Se trata de reconocer que actúan sobre planos diferentes de un mismo problema y que pedir a las personas que aprendan a convivir mejor con la incertidumbre no puede convertirse en una forma de aceptar como inevitables las condiciones que la producen.
También se previene haciendo posible un futuro
Esta mirada amplía además el significado de la prevención. Prevenir problemas de salud mental no consiste únicamente en enseñar educación emocional en los centros educativos, ofrecer teléfonos de ayuda o aumentar las consultas psicológicas. Todo ello puede ser necesario, pero existe también una prevención que se construye mucho antes de llegar a la consulta y que tiene que ver con las condiciones materiales y sociales en las que transcurre la vida.
Una política de vivienda que facilite la emancipación, una política laboral que reduzca la inseguridad, una prestación económica que evite que alguien caiga en la pobreza, un barrio con espacios comunitarios donde las personas puedan relacionarse o un sistema educativo que reduzca desigualdades también están protegiendo la salud. Del mismo modo, unos servicios sociales capaces de intervenir antes de que las situaciones se cronifiquen forman parte de esa red de prevención.
La propia OMS sostiene que mejorar las condiciones de vivienda, trabajo, protección social y comunidad puede producir mejoras sustanciales en la salud de la población. Eso obliga a sacar la salud mental del espacio exclusivo de la consulta y entenderla también como una cuestión de derechos, oportunidades y condiciones de vida.
Porque tener futuro no significa saber exactamente qué ocurrirá dentro de diez años. Significa disponer de unas condiciones mínimas que permitan hacer planes, tomar decisiones y confiar razonablemente en que el esfuerzo realizado hoy puede servir para construir algo mañana.
Preguntar qué te pasa, pero también qué futuro puedes construir
Durante años hemos avanzado mucho reclamando que una persona que se encuentra mal pueda decirlo sin vergüenza. Hay que mantener ese avance, pero quizá el siguiente paso sea mejorar también nuestra forma de escuchar la respuesta.
Cuando alguien dice que no puede más, no siempre está diciendo únicamente que necesita aprender a gestionar mejor sus emociones. Puede estar diciendo que lleva meses buscando trabajo, que cobra demasiado poco, que no puede marcharse de casa, que tiene miedo de perder su vivienda, que está solo, que cuida de otras personas sin apoyos o que lleva años viviendo sin saber qué ocurrirá dentro de seis meses. Algunas de esas situaciones necesitarán atención psicológica y otras necesitarán una trabajadora social, una prestación económica, un empleo digno, una vivienda asequible, una red comunitaria o varias de estas cosas a la vez.
Probablemente ahí se encuentra una de las claves para hablar seriamente de salud mental. No limitar la respuesta a conseguir que las personas soporten mejor unas condiciones de vida que les hacen daño, sino preguntarnos también qué condiciones podemos cambiar para reducir esa incertidumbre.
Cuidar la salud mental de los jóvenes significa garantizar atención cuando aparece el sufrimiento, pero significa también que puedan mirar hacia delante sin que cada proyecto dependa de demasiadas variables que escapan a su control. Porque poder imaginar un futuro, hacer planes y sentir que existe alguna posibilidad real de llevarlos a cabo también forma parte del bienestar.
Y quizá una sociedad que quiera tomarse en serio la salud mental de sus jóvenes tenga que empezar precisamente por ahí: hacer que el futuro vuelva a parecer algo que se puede construir y no únicamente algo que hay que temer.

